Esta herramienta te permite crear tus propios emojis a partir de cualquier frase

La anorexia o la bulimia, principales desórdenes psicológicos con respecto a la comida, se han incrementado debido al encierro o el mayor uso de redes sociales.

Escribe Toni Mejías en su libro Hambre. Mi historia frente al espejo, que él no se veía incluido entre quienes sufrían anorexia. «Tal vez por eso me costó tanto empezar a recuperarme, porque ni yo mismo quería reconocerlo», justifica uno de los miembros del grupo Los Chikos del Maíz en este testimonio recién publicado en España por la editorial Aguilar. Asociamos esta enfermedad al género femenino, anota, «porque siempre ha sido a ellas a las que se les ha exigido estar estupendas y se les ha cuestionado más por físico».

No va mal encaminado Mejías: los Trastornos de Conducta Alimentaria (TCA) suelen tener un perfil mayoritario de chicas jóvenes. Sin embargo, y su caso es un ejemplo, nadie está a salvo: la anorexia o la bulimia, los dos desórdenes principales, pueden afectar a cualquiera. Y más después de estos meses de pandemia. Desde 2020, los casos diagnosticados se han multiplicado. En encierro en casa, el uso abusivo de redes sociales o la ausencia de actividad han propiciado que la desafección con el cuerpo haya aumentado.

Según expuso la Fundación Fita el 30 de noviembre, Día Internacional de la lucha contra los TCA, de unos 300.000 diagnósticos en 2019 se ha pasado a unos 400.000, el 25% más. El incremento, advierten, es palpable, y se arrastra desde el inicio de la crisis sanitaria. Desde la Associació Contra L’ Anorèxia y la Bulimia (ACAB) lo confirman.

«Si en 2019 teníamos unas 2.000 consultas, en 2020 fueron 5.000», esgrime Laura Fernández, psicóloga especializada en nutrición. Para la experta, el COVID-19 ha tendido una alfombra roja a las dolencias psicológicas. «Se han dispuesto todos los factores de riesgo: pérdida de rutinas, quizás la de un ser querido, mayor tiempo a solas y expuestos a redes sociales… Ha sido el cóctel perfecto», enumera a la agencia rusa Sputnik.

Fernández también da fe de ese abanico de víctimas. «Se puede desencadenar a cualquier edad y género», concede, «aunque nueve de cada diez son mujeres y la población diana son adolescentes, incluso pre-púberes».

El paciente común, sugiere, sería el de una chica de 15 años de clase media y con posibilidad de detención temprana. La psicóloga matiza además que los TCA son una alteración de la conducta en una persona que está «profundamente insatisfecha consigo misma». «Afloran de dentro a la superficie, y son considerados como un trastorno mental que puede tener consecuencias graves, como la desnutrición severa o incluso la muerte. Es la expresión emocional de algo interno», resume la profesional.

Se le ha sumado en este periodo el colapso de la sanidad y la demora en los tratamientos. «Hemos notado la falta de recursos y la instigación corporal durante la pandemia», comenta Fernández, que ilustra cómo, en una encuesta realizada a 5.000 personas de ambos sexos, se percibía ese cambio. Si en el curso escolar de 2019 y 2020 un 32% de chicas confesó no sentirse a gusto con su cuerpo, en el siguiente era el 47%. Subió también el deseo de hacer dieta.

«No siempre va asociado, pero existe un vínculo: no todo el que se pone a dieta tiene un TCA, pero sí ocurre siempre que el que tiene un TCA ha hecho dieta», explica.

Para Laura Gómez, de EnMente Psicólogos, la anorexia o la bulimia hunden sus raíces en causas mentales. «Muchas veces, hay quien ve que no puede caer mejor o ser intelectualmente válido y lo desplaza e intenta calmarlo con lo físico. Pero detrás suele haber mucha depresión, ansiedad, y trastornos emocionales, no solo físicos. Esconde otras problemáticas. Hay un tema de no aceptación», aduce la profesional a Sputnik. No tener una personalidad desarrollada o transitar por una etapa de vulnerabilidad acucian este problema y son características típicas de la pubertad.

Y si esa inseguridad no es ajena a ninguna generación, la actual acumula un factor extra. La presión a la que se les somete por un determinado canon de belleza asalta en el día a día desde todo tipo de pantallas. Y la epidemia, en este caso, ha propiciado un generoso caldo de cultivo. Según las expertas consultadas, la carencia de estímulos prende las obsesiones. Alguien encerrado en su cuarto se vuelca en sí mismo. Y se alía a otros ganchos propios de estos tiempos: observa a influencers de proporciones normativas y anhela ese físico. Crece la frustración y el runrún de nuestras cabezas. Como expresa Toni Mejías al hablar de la pandemia, supone ponerse «otra vez frente al abismo, frente al maldito espejo».

Del espejo se va, en muchos casos, al móvil. Las redes ofrecen un imperativo de músculos y delgadez en el aspecto. Y brindan callejones para alcanzarlos: desde webs que promocionan determinados productos para perder peso hasta chats donde se intercambian consejos sobre el uso de laxantes, las maneras de provocar el vómito o los trucos para vestir sin que se aprecien cambios. Por no hablar de las tendencias sobre el ayuno intermitente o el real fooding. Un caladero sin control que ejerce de guía para miles de chicas.

Conoce estos canales Cinta Tort, de 26 años, aunque a ella no la pillaron. Con 12 o 13, esta artista de Barcelona empezó a construir su relación anormal con el cuerpo. No recuerda el momento exacto, pero sí cómo, al llegar al instituto, le dijo a su madre que quería adelgazar. De repente intensificó el ejercicio y eliminó ciertos productos. A esta modificación se le añadía la valoración externa, que premia la merma de kilos.

«Te felicitan por adelgazar y eso ayuda», apunta a Sputnik quien no cree que un TCA aparezca de la noche a la mañana: «Requiere un relato, una narrativa previa».

En su caso, todo era «muy borroso», sin ser «consciente de la magnitud». Tort relata que ella transitaba entre los días de entre semana, donde disimulaba la supresión de comidas, y el fin de semana, en que las normalizaba a pesar del «gran malestar». Transcurrieron los años y esas sensaciones la acompañaban, pero no fue hasta que comenzó la universidad y se marchó al extranjero a vivir cuando vio que iba en serio. «Recuerdo que me dio un ataque de ansiedad y pensé: ‘aquí hay algo’. Fue un punto de inflexión», sintetiza.

Vio cómo su perfeccionismo se había apoderado de todos los ámbitos vitales: los estudios, el deporte, los platos. Las restricciones de comida iban a más. Y encima se la premiaba por ese cambio. Cree Tort que hay «un eje» muy importante entre los referentes y el sustento gordofóbico y patriarcal que deriva en la construcción identitaria en torno al cuerpo. A ella, por ejemplo, le hacía cargar con 20 monedas en el sujetador para pesar más en la consulta. De eso salió el proyecto 467 gramos, nombre con el que alude a cómo intentaba engañar a la báscula. «Necesitaba hacer visible estas prácticas autodestructivas y crear consciencia», sostiene.

La cura no es fácil. Primero hay que abrir los ojos y admitir que tienes un problema. A Tort le costó, igual que le costó verbalizarlo: han transcurrido años hasta que pueda rememorarlo por teléfono o convertirlo en una obra de arte. Los testimonios individuales, no obstante, pueden servir de ayuda, opina. Laura Fernández, de ACAB, es optimista con los resultados. Anota que un 70% es curable si va acompañado de una terapia completa, incluyendo a profesionales y a la familia.

«Hay luces que hacen detectar el problema», señala la experta, «como un cambio repentino de actividades, que oculte sus hábitos de salud, que altere su vestuario o que haya un aislamiento social y los estados de ánimo sean de tristeza, desmotivación o ansiedad».

Gómez, de EnMente Psicólogos, distingue entre una parte terapéutica, que oscila entre la consulta puntual hasta el ingreso, y la médica, reconduciendo el acto de sentarse en la mesa. «Hay un trabajo conductual de aprender a comer. Pesar al paciente, una rutina alimenticia, mejorar la autoestima y el nivel académico o social. Hay que ir al fondo, no al síntoma. Eso es un mensaje que emiten los problemas psicológicos. Es una señal, una alarma, de que algo pasa. Te lo dice el cuerpo, pero es más profundo», concluye.

Entradas relacionadas

Deja tu comentario