José y Trino, abuelos sin nietos y con largas vidas

28 de Agosto de 2019.- “Es feo llegar a viejo, pero más feo es no llegar”. Así resumen su larga vida don José, de 104 años de edad, y don Trino, de 83. La existencia no fue fácil para ninguno de los dos. Hoy están solos, pero tienen la memoria llena de recuerdos y el corazón palpitante por décadas de historias.

Sus años no hacen mella en su animoso carácter. Son simpáticos, sonrientes, amables y muy platicadores. Cada uno nos cuenta su historia. Son muy diferentes en sus tramas e iguales en su final. Parecidas, quizá, a las de cientos de abuelos y abuelas sin nietos y quienes hoy no tienen con quien celebrar el Día del Abuelo.

En sus años mozos no se conocieron. Sus vidas se cruzaron en el ocaso, cuando llegaron a la Casa Hogar de la Tercera Edad. Ahí coincidieron en el abandono y en la adopción de una nueva y mejor familia, conformada por 43 adultos mayores que, como ellos, carecen de algún familiar que los cuide.

Don José Meza Morales es oriundo de Oaxaca, nació el 5 de marzo de 1915. Hoy tiene 104 años de vida. Hace 19 años, un 2 de mayo del 2000, llegó a la casa hogar ad|ministrada por el Sistema Estatal para el Desarrollo Integral de la Familia (Sedif). Ni siquiera hablaba español. Nadie lo visita, pero es fuerte como un roble.

Está sentado en una banquita en el patio del albergue. Viste una camisa de manga larga, color azul cielo, un pantalón caqui y un sombrero blanco, que tiene colocado en el suelo. Interrumpimos su faena de hacer mecates con trozos de bolsas de plástico, que trenza pacientemente.

— ¿Cuándo nació don José? Con voz entrecortada, apenas entendible por la falta de dientes y un español mocho, responde: “No sé. Ellos tienes papeles”, dice señalando a la subdirectora que nos acompaña, Calixta Cabrera de León, que a la vez funge como traductora.

A sus más de 100 años de edad no usa lentes, escucha perfectamente y camina sin apoyo de ningún tipo. Sin ayuda se levanta de la banca e inclusive se agacha para recoger del piso un papel, que pone en un cesto de basura, acción que realiza a pesar de que tiene pies diabéticos y usa sonda para no retener líquidos.

Muy consciente, cuenta que es originario del municipio de San Francisco Cahuacúa, Oaxaca Allá era campesino, también cuidador de ganado y luego policía. Se casó a los 14 años con Florencia Valencia López y tuvieron nueve hijos. La fiesta de su boda duró varios días y mataron vacas, chivos y gallinas para la comida.

Siempre sonriente. Dice que tiene dos hermanas y dos hermanos, pero no sabe dónde están ni tampoco sus hijos. Era muy pobre. Cuenta que antes rentaba en 30 pesos por mes la tierra para sembrarla y que usaba yuntas de toros y burros. Luego, trabajó como jornalero, de cinco de la mañana a cinto de la tarde.

Afirma que hoy todo está caro. Y entre risas y a modo de queja, asegura que antes le pagaban centavos. Allá en su época eran mil pesos y ahora es un millón. Pero también se dijo contento de estar vivo y de tener muchas experiencias, a pesar de que no fue a la escuela, no saber leer ni hacer cuentas.

Nadie lo visita. Pero a la pregunta de que si está feliz, responde que sí y que le hicieron una fiesta cuando cumplió un siglo de edad. Don José tiene buena calidad de vida. Esa que la mayoría de la población quisiéramos a su edad: lúcido de mente, autosuficiente, fuerte, relativamente sano, con amigos y feliz.

–¿Qué se siente ser de la tercera edad?

Definitivamente “es feo llegar a viejo, pero es más feo no llegar”, afirmó, entre risas, don José Trinidad Torres Miranda. Tiene 83 años de edad. Pero la vida fue muy dura con él. Su condición física está mermada. ¡Y eso que practicó gimnasia olímpica durante casi tres décadas!

Don Trino, como lo nombran cariñosamente, es un hombre de piel muy blanca y ojos claros. Está sentado en una silla de ruedas, porque camina con mucha dificultad. También se complica entenderle, porque habla bajito y a momentos entre dientes, aunque su apariencia es la de un hombre fuerte y pizpireto.

El nació en la comunidad de Cieneguillas, en la capital zacatecana. Vivió 28 años en la Ciudad de México. Ejerció el oficio de barnizador durante 66 años. La inhalación de thinner y otros químicos, por su trabajo, le dañó el corazón y los pulmones. Su salud se fue demeritando.

Se casó veces. En la primera relación tuvo tres hijos y una hija. Se separó y dejó de verlos durante 40 años. En el segundo matrimonio sólo tuvo una hija propia, que nació con bipolaridad. Ella trató de asesinarlo y lo acuchilló en la cara, y a un costado de la espalda. Se salvó de milagro.

En esa segunda relación adoptó dos hijos y una hija de su mujer. En una ocasión uno de ellos lo golpeó tan fuerte que perdió el ojo izquierdo. Trae uno de vidrio. “Los otros chamacos me quieren mucho y me visitan de vez en cuando”, aseguró satisfecho.

A la memoria le viene su hija enferma. La quería mucho y eran tan costosos sus tratamientos que tuvo que dejar de trabajar para cuidarla y durante 10 años pidió limosna para comprarle sus medicinas. Pero la bipolaridad ganó la batalla. A los 25 años murió.

Esa década bajo el sol para “limosnear” le provocó cáncer. Hace año y medio se lo detectaron. Se presentó en su oreja derecha y en su sien izquierda. Lo extirparon quitándole trozos de piel. Actualmente porta una sonda, porque está enfermo de la próstata. Todo eso pasó y sigue vivo y feliz. “Muy feliz”, dijo entre carcajadas.

Nació un 8 de julio de 1936 y apenas tiene tres años en la estancia permanente para personas de la tercera edad del Sedif. Llegó ahí con la ayuda de un amigo y luego de que no pudo estar con la primera de sus hijas, en México, y con un sobrino, en Zacatecas, porque sus familias no lo aceptaron.

«¡Pues sí, estoy bien y contento aquí!», aseguró contundente. Sus manos tiemblan un poco y mueve los dedos de la derecha. Dice que varias veces al día se le adormecen. No hace caso de lo que siente y continúa narrando: “No tuve Seguro Social. Entonces, no tengo pensión”.

–¿Actualmente está como imaginó que estaría cuando era joven?

«No me imaginaba estar así. Estoy mejor. Estoy bien», reviró un tanto satisfecho, mientras apoya sus manos sobre un bordón de madera y agregó: “Mis dos hijos de crianza vienen a visitarme cuando pueden”.

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