Cine de Hollywood busca producir más placeres baratos que conocimientos para la emancipación y la autoconciencia

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Por Salvador Mendiola

CDMX a 21 de marzo de 2022 (Noticias de México).- Este domingo 27 de marzo se realizó la ceremonia de la entrega número 94 de los premios Oscar de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de los EUA. La ceremonia en sí, transmitida por la televisión e Internet, fue todo un acontecimiento del espectáculo que convocó a una audiencia mundial de millones. Vale la pena reflexionar aquí un poco sobre ello.

Primero que nada, es bueno saber que los Oscar no constituyen un juicio de valor estético o efectivamente artístico sobre las películas. Más bien son reconocimientos que juzgan y califican el trabajo de realizar películas comerciales y su efecto en la taquilla; premian los méritos de mercado de masas de las películas y de sus estrellas como mercancía privilegiada. Son un objeto de opinión pública para la industria de la cultura de masas y por ello sus efectos se manifiestan como mayores ganancias; son ideología mercantil. Califican la técnica y el mercadeo; no miden ni piensan el arte real del cine industrial.

Son la expresión canónica de Hollywood como negocio de negocios, la fábrica de sueños para las masas; porque las finanzas del entretenimiento popular donde están el cine y los videojuegos pueden alcanzar ganancias muy altas y en muy poco tiempo. Por cada dólar invertido en la producción y publicidad de una película o videojuego se pueden llegar a obtener quince dólares de utilidades en un lapso menor a los dos años de circulación desde su estreno. Un estreno que ahora no únicamente ocurre en las salas públicas, sino también por la televisión y en línea, la taquilla se ha vuelto una cuestión virtual. Hoy se ven películas en el móvil personal.

El cine como televisión y transmedia es el nuevo ambiente de interacción humana, el ambiente global que ha venido a sustituir y superar al del libro y la biblioteca. La comunicación audiovisual cinemática constituye una acenso notable en la evolución de la escritura y transmisión de la memoria humana; la aún nueva escritura audiovisual cinemática mejora notablemente la interacción social entre grupos y entre personas.

Aunque, entonces, el cine de Hollywood y los Oscar en realidad hace muy poco por ello; porque no es cine de vanguardia, sino cine de retaguardia, cine que depende para funcionar bien de las costumbres del pasado. Sus tramas o relatos dependen de la forma-novela burguesa del siglo XIX y su montaje audiovisual corresponde a un falso realismo naturalista que viene funciona desde el Renacimiento; predomina la fantasía sobre lo real, y más que nada la fantasía pueril, lo que entretiene sin decir nada.

El cine de Hollywood y los Oscar, que hoy día es el cine comercial mundial, va dirigido a un público de mentalidad “adolescente” que se encuentra entre los 8 y los 80 años; gente sin mucha educación crítica, sin madurez plena dentro de sus relaciones sentimentales, sometida al cronómetro monótono del trabajo normal en el capitalismo. Gente que no quiere pensar en su tiempo de ocio, donde sólo intenta recuperarse como fuerza de trabajo para regresar a la producción. Por eso las películas de Hollywood buscan producir más placeres baratos que conocimientos para la emancipación y la autoconciencia.

Con las películas de los Oscar vemos la ideología completa que comunica la sociocultura liberal y escéptica de Hollywood, el consenso de la mentalidad lumpen proletaria, la conciencia de quienes obedecen a ciegas al orden impuesto, donde sea y como sea. Por ello es valioso analizar de esta forma las nominaciones de cada año, son luz crítica para la psicología social y la antropología política.

De las diez, sí, diez películas nominadas para merecer el Oscar por Mejor Película del año de estrenos en Los Ángeles, California, ni una merece ser calificada como cine ilustrado y arte auténtico. Todas quedan enmarcadas en el cine para gente de la masa, “tragapalomitas”. El cine que mejor se olvida y que sólo recuerdan mentes paranoides y algo histéricas.

La menos incompleta de las diez, a mi personal entender, es The Power of the Dog de Jean Campion. Un sobrio cine feminista que les habla directo a todos los sexos, géneros y trans-ocurrencias del ser en el mundo con sexo en el cuerpo. Es un drama realista y existencialista. Con un relato centrado en lo eficaz y eficiente del orden simbólico de los “machos” que dominan la tierra con las manos, para que podamos sobrevivir como humanidad en un mundo inclemente y caóticamente brutal; un mundo que necesita de héroes simbólicos como “Bronco Henry” para saber tomar el riesgo de encarar el peligro y encarar, en este caso, la «epidemia” del ántrax y tratar de detenerla. La actuación sobresaliente de Benedict Cumberbatch lo pone dentro de los más altos rangos que reclama e impone la Academia, bien merece como Estrella el reconocimiento de la estatuilla dorada por su representación; sin embargo, con los Oscar no es bueno especular.

Después se encuentra la película Drive My Car de Teruhisa Yamamoto. Cine para quienes gozan con la literatura nihilista de Haruki Murakami, la gente que en el divorcio y sus infinitas repeticiones goza como otras personas lo hacen apostando dinero en el hipódromo y otras comprando cosas inútiles por Amazon.

Para encontrar a continuación lo mismo otra vez; pero ahora en forma del simple orden masca-chicle norteamericano pecoso de los años setenta del siglo pasado: Licorice Pizza de Paul Thomas Anderson. El sueño de amor romántico y el goce siniestro de su fracaso en la separación que olvida o en la pareja que todo lo amnesia. La comedia americana de siempre con personajes que no alcanzan lo sublime del cine de John Cassavetes ni el de las películas de Doris Day y Rock Hudson.

       Belfast de Kenneth Branagh es un relato de nostalgia autobiográfica romántica muy aceptable. La vida de un adolescente temprano en el infierno de Belfast, Irlanda; ahora en los años sesenta del siglo XX. En blanco y negro, con un montaje sin defecto; pero en definitiva superficial y narcisista. Mientras que King Richard de Reinaldo Marcus Green también es cine biográfico, basado en la vida del padre de las tenistas Venus y Selena Williams. Corresponde a la moda de hacer películas con las vidas legendarias de las estrellas del espectáculo; sin profundidad psicológica o sociológica y sin crítica de la realidad, como las novelas de caballería que crítica El Quijote de Cervantes.

          Dont Look Up de Adam McKay y CODA de Slan Heder son películas para dar gusto a las modas del momento en ecología y reconocimiento de la diversidad y pluralidad de las identidades y corporalidades. En definitiva, las considero prescindibles por completo a las dos. Y muy pronto estarán repitiéndose y repitiéndose en la televisión, igual que tendrán larga vida comercial en el “streaming” y demás posibilidades de la Red para ver películas.

La película de Guillermo del Toro nominada esta vez, Nightmare Alley, demuestra que el cine hecho por mexicanos tiene un lugar preponderante en la escena de Hollywood y con ello también en el cine mundial. Del Toro cuenta, además, con un estilo original, propio, tanto en la temática como en el montaje técnico; es El Maestro Mexicano del Oscar o El Jichcok de Petatiux. Pero esta nueva producción suya no sobresale en nada de las anteriores, y en muchas formas hace sentir que el director manierista ya nada más se copia a sí mismo.

Memo y su espejito mágico. Algo análogo sucede con West Side Story de Steven Spielberg. No es mejor ni peor que la primera versión, ésta tiene su marca propia, su modo de contar la historia; pero no va más lejos ni más alto de obras anteriores de esta “Súper Estrella Monstruo” de los directores de Hollywood que es el Spielberg de Tiburón.

Y la película Dune de Denis Villeneuve es otra vez el Rey León de Disney, y Star Wars de George Lucas, y Lord of the Rings de Peter Jackson. O sea, es la moda de la ciencia-ficción de espadazos. La novela de Frank Hebert en que se basa está película supera esa limitación genérica, es ciencia-ficción haciendo filosofía metafísica. Justo lo que la película dirigida en esta versión por Villeneuve sacrifica para tener éxito en la taquilla. No más.

 

 

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